20 octubre 2009

La caridad-amor es la base del edificio social


¿Cómo llegará esto? Puesto que el reino del bien es incompatible con el egoísmo, hace falta la destrucción del egoísmo; ahora bien, ¿quién puede destruirlo? El predominio del sentimiento de amor, que induce a los hombres a tratarse como hermanos y no como enemigos. La caridad es la base la piedra angular dé todo el edificio social; sin ella, el hombre no edificará más que sobre arena. Que los esfuerzos y sobre todo los ejemplos de todos los hombres de bien tiendan, pues, a propagarla; que no desesperen si notan un recrudecimiento en las malas pasiones: ellas son los enemigos del bien y viéndole avanzar, se lanzan contra él; pero Dios ha permitido que, por sus propios excesos, ellas se autodestruyan; el paroxismo de un mal es siempre la señal de que toca a su fin. Acabo de decir que sin la caridad el hombre no construye sino sobre la arena; un ejemplo nos lo hará comprender mejor. Algunos hombres bien intencionados, conmovidos por los sufrimientos de una parte de sus semejantes, han creído hallar el remedio al mal en determinados sistemas de reforma social. Con pocas diferencias, el principio es poco más o menos el mismo en todos, sea cual sea el nombre que se les dé. Vida en común para que sea menos onerosa; comunidad de bienes para que cada uno tenga algo; participación de todos en la obra común; nada de grandes riquezas, pero también nada de miseria. Eso era muy seductor para aquél que, no teniendo nada, veía ya la bolsa del rico entrar en el fondo social, sin calcular que la totalidad de las riquezas puestas en común crearía una miseria general en lugar de una miseria parcial; que la igualdad establecida hoy sería rota mañana por la movilidad de la población y la diferencia entre las aptitudes; que la igualdad permanente de los bienes supone la igualdad de las capacidades y el trabajo. Pero la cuestión no está ahí; no entra en mi esquema examinar la fuerza y la debilidad de esos sistemas; hago abstracción de las Imposibilidades de las que acabo de hablar, y me propongo examinarlas desde otro punto de vista del cual, que yo sepa, nadie se ha preocupado todavía y que tiene relación con nuestro tema. Los autores, fundadores o promotores de todos estos sistemas sin excepción, no se han propuesto más que la organización de la vida material de una manera provechosa para todos. El fin es digno de elogio sin lugar a dudas; falta saber si dicho edificio no carece de la base que, sólo ella, podría consolidarlo admitiendo que fuera practicable. La comunidad es la renuncia más completa de la personalidad: cada uno debe poner su esfuerzo personal y ello requiere la abnegación más absoluta. Ahora bien, el móvil de la abnegación y de la renuncia, es la caridad, es decir, el amor al prójimo. Pero nosotros hemos reconocido que el fundamento de la caridad es la creencia; que la falta de creencia conduce al materialismo, y el materialismo al egoísmo. En un sistema que, por su naturaleza, requiere para su estabilidad las virtudes morales en grado supremo, hacía falta tomar el punto de partida en el elemento espiritual. Pues bien, no sólo no se le ha tomado en consideración, al ser el material el único fin, sino que varios de estos sistemas están basados en una doctrina materialista a voces confesada, o en un panteísmo, especie de materialismo disfrazado, es decir, adornados con el bello nombre de fraternidad; pero la fraternidad, igual que la caridad, no se impone ni se decreta; hace falta que esté en el corazón; y no es precisamente el sistema el que la hará nacer si ella no está ya en él, mientras que lo contrario arrumará el sistema y lo hará caer en la anarquía, porque cada uno querrá procurar para sí. La experiencia está ahí para probar que estos sistemas no ahogan ni las ambiciones ni la codicia. Antes de hacer la cosa para los hombres, había que formar a los hombres para la cosa, como se forma a los obreros antes de confiarles un trabajo; antes de edificar, hay que asegurarse de la solidez de los materiales. Aquí los materiales sólidos son los hombres de corazón, dedicación y abnegación. Con el egoísmo, el amor y la fraternidad son palabras vanas, tal como hemos dicho; ¿cómo, pues, bajo el imperio del egoísmo, fundar un sistema que requiere la abnegación a un grado tal, que tiene por principio esencial la solidaridad de todos para cada uno y de cada uno para todos? Algunos han abandonado el suelo natal para Ir a fundar a lo lejos, colonias bajo el régimen de la fraternidad; han querido huir del egoísmo que los aplastaba, pero el egoísmo les ha seguido, e incluso allí ha habido explotadores y explotados, porque la caridad ha faltado. Han creído que les bastaba llevarse la mayor cantidad de brazos posible, sin pensar en que se llevaban al mismo tiempo los gusanos roedores de su Institución, que se arruinó con tal rapidez porque no había en ellos ni fuerza moral ni fuerza material suficientes. Lo que les faltaba, era menos brazos y más corazones sólidos; desgraciadamente muchos sólo les han seguido porque, no habiendo sabido hacer nada en otra parte, han creído dispensarse de ciertas obligaciones personales; no han visto más que una meta seductora, sin ver el espinoso camino para alcanzarla. Decepcionados en sus esperanzas, reconociendo que antes de disfrutar hacía falta trabajar mucho, sacrificar mucho, sufrir mucho, han tenido como perspectiva el descorazonamiento y la desesperación; ya sabéis qué ha sido de la mayoría. Su equivocación ha sido el haber querido construir un edificio empezando por el tejado, antes de haber colocado fundamentos bien sólidos. Estudiad la historia y la causa de la caída de los s Estados más florecientes, y en todas partes veréis la mano del egoísmo, de la codicia, de la ambición. Sin la caridad, no hay Institución humana estable, y no hay caridad ni fraternidad posibles, en la verdadera acepción de la palabra, sin la creencia. Aplicaos, pues, a desarrollar estos sentimientos que, al ir en aumento, matarán el egoísmo que os destruye. Cuando la caridad habrá penetrado en las masas, cuando se haya convertido en la fe, en religión de la mayoría, entonces vuestras instituciones mejorarán por la misma fuerza de las circunstancias; los abusos nacidos del culto a la personalidad, desaparecerán. Enseñad, pues, la caridad, y sobre todo, predicad con el ejemplo: es el áncora de salvación de la sociedad. Solamente la caridad puede traer el reinado del bien, que es el reino de Dios, sobre la Tierra; sin ella, por mucho que hagáis, no crearéis más que utopías de las cuales no obtendréis sino decepciones. Si el Espiritismo es una verdad, si debe regenerar el mundo, es porque tiene por base la caridad. No viene a derribar ningún culto, ni establecer uno nuevo; proclama y prueba las verdades comunes a todos, bases de todas las religiones, sin preocuparse de los puntos de detalle. Solamente viene a destruir una cosa: el materialismo, que es la negación de toda religión; no viene a destruir sino un solo templo: el del egoísmo y el orgullo, y a dar un sentido práctico a estas palabras del Cristo que son toda la ley: Amad a vuestro prójimo como a vosotros mismos. No os asombréis, pues de que tenga por adversarios a los adoradores del becerro de oro, cuyos altares viene a destruir. Tiene, naturalmente, contra él a los que encuentran que su moral es incómoda; a los que hubieran pactado voluntariamente con los espíritus y sus manifestaciones, si los espíritus se hubieran avenido en divertirlos; si no hubieran venido a rebajar su orgullo a predicarles la abnegación, el desinterés y la humildad. Dejadles que digan y que hagan: las cosas no dejarán de seguir el curso que está en los designios de Dios. El Espiritismo, por su poderosa revelación, viene pues a acelerar la reforma social. Sus adversarios se reirán sin duda de esta pretensión, y sin embargo no tiene nada de presuntuosa. Hemos demostrado que la incredulidad, la simple duda en el porvenir, conduce al hombre a concentrarse en la vida presente, lo cual desde luego, desarrolla el sentimiento del egoísmo. El único remedio contra este mal es concentrar la atención sobre otro punto y desplazarla hacia otra meta, por así decirlo, con el objeto de hacerle perder sus hábitos. El Espiritismo probando de una manera patente la existencia del mundo invisible, conduce forzosamente a un orden muy distinto de ideas, pues amplía el horizonte moral limitado a la Tierra. La importancia de la vida corporal disminuye a medida que crece la de la vida espiritual; así, de manera natural, nos situamos en otro punto de vista, y lo que nos parecía una montaña se nos presenta ahora no mayor que un grano de arena; las ambiciones, las vanidades de este mundo se convierten en puerilidades, como Juguetes Infantiles frente al porvenir grandioso que nos espera. Al dar menos valor a las cosas terrenales, se busca menos el satisfacerlas en perjuicio de los demás; de ahí una disminución en el sentimiento del egoísmo. El Espiritismo no se limita a probar la existencia del mundo invisible: por los ejemplos que nos presenta, lo muestra en su realidad, y no tal como la Imaginación lo había hecho concebir; lo muestra poblado de seres felices o desgraciados, pero prueba que la caridad, la soberana ley del Cristo, es la sola ley que puede asegurar la felicidad. Por otro lado vemos la sociedad terrestre que se destroza bajo el imperio del egoísmo, mientras que, "por el contrario, viviría feliz y apacible bajo el imperio de la caridad. Todo es, pues beneficioso para el hombre con la caridad: felicidad en este mundo y felicidad en el otro. Esto no es, según la expresión de un materialista, un sacrificio de personas engañadas; es, según expresión del Cristo, una inversión a rendimiento centuplicado. Con el Espiritismo el hombre comprende que tiene todas las ventajas a su favor practicando el bien, y todas las de perder haciendo el mal; pues bien, entre la certeza, y no diré la posibilidad, de perder o de ganar, la elección no puede ser dudosa. De ahí que la propagación de la idea espiritista tiende, necesariamente, a convertir a los hombres en mejores los unos para con los otros. Y lo que hoy hace sobre los individuos, lo hará mañana sobre la sociedad cuando el Espiritismo sea difundido de manera general. Procuremos, pues, divulgarlo en interés de todos.


Tomado del libro de Allan Kardec, Viaje Espiritista en 1862, Edit. Edicomunicación S. A. España, 1989