16 junio 2010

Cuerpo

Al margen de las digresiones científicas - puesto que los usuales libros técnicos sobre educación son suficientemente esclarecedores, en lo concerniente al aspecto exterior del cuerpo humano -, recordaremos que el Espíritu, inquilino de la casa física, es quien preside su formación y su sustentación, en forma consciente o inconsciente, desde la primera hora de la organización fetal, si bien a menudo lo hace con la asistencia protectora de Mensajeros de la Providencia Divina.

Como trae consigo la suma de los reflejos buenos y no tan buenos, en concordancia con la cosecha de méritos y perjuicios que sembró para sí mismo en el suelo del tiempo, el Espíritu incorpora a los moldes reducidos de su ser las células del equipaje humano, y las asocia a su propia vida a partir de la vesícula germinativa.

Amparado en el seno materno, su cuerpo se estructura mediante las células referidas a medida que éstas se multiplican alrededor de la matriz espiritual, del mismo modo que la limadura de hierro lo hace sobre un imán, y forman al principio las láminas blastodérmicas de las cuales deriva el tubo intestinal, el tubo neural, el tejido cutáneo, los huesos, los músculos, los vasos.

Al poco tiempo, debido al desenvolvimiento espontáneo, el Espíritu se encuentra materializado en el ámbito de la lucha física y se manifiesta a través del vehículo carnal que le sirve de expresión.

Dicho vehículo, constituido por millones de células o individualidades microscópicas que se adaptan a los tejidos sutiles del alma y comparten su naturaleza electromagnética, se asemeja a un taller complejo formado por billones de motores infinitesimales, movidos por oscilaciones electromagnéticas dentro de una longitud de onda específica, que emiten sus irradiaciones al mismo tiempo que asimilan las irradiaciones de la zona donde se encuentran, todo esto bajo el comando de un único responsable: la mente.

Desde la fase embrionaria del instrumento con el cual se manifestará en el mundo, el Espíritu plasma en él sus propios reflejos.

Existen, más allá del sepulcro, seres muy perturbados por los problemas consecuentes del suicidio o el homicidio, de la delincuencia o los vicios, seres que transferidos al nuevo nacimiento presentan de inmediato los más dolorosos desequilibrios, causados por la disfunción vibratoria que los cataloga dentro de los cuadros de la patología celular.

Las enfermedades congénitas son nada más que reflejos de la posición funesta a la que nos hemos encaminado en el pasado próximo, reflejos que nos demandan que nos internemos en la esfera física, en algunas ocasiones por períodos cortos, para el tratamiento de la desarmonía interior con la que nos comprometimos.

Surgen, empero, otros matices de los reflejos del pasado en la existencia del cuerpo. Las causas penosas de mutilaciones y enfermedades permanecen guardadas en la profundidad de nuestro campo espiritual, como las semillas de un hostil espino al que nosotros mismos hemos cultivado en el oscuro terreno de la culpa disimulada, y los remordimientos ocultos. Son plantaciones con plazo preestablecido, a las que la ley de acción y reacción gobierna vigilante, con seguridad y esmero.

Por eso, muchas veces, en consonancia con programas trazados con anterioridad a la cuna, según pautas en las que se conjuga la deuda con el rescate, la criatura humana recibe la visita de pruebas sorprendentes en plena prosperidad material, o de desastres fisiológicos de conmovedoras manifestaciones cuando más resplandeciente aparentaba ser su salud.

Sin embargo, es imperioso recordar que los reflejos generan reflejos, y que a cada pago se le conceden justos atenuantes, siempre que el deudor revela buena predisposición para saldar sus deudas.


La práctica del bien, simplemente, infatigablemente, puede llegar a modificar la ruta del destino, pues el pensamiento lúcido y correcto ejerce una acción edificante que interfiere en las funciones celulares tanto como en los acontecimientos humanos, y atrae hacia nosotros - gracias a nuestro reflejo mejorado y ennoblecido - amparo, luz, apoyo, de acuerdo con la ley del auxilio.

Francisco Cândido Xavier
PENSAMIENTO Y VIDA
DICTADO POR EL ESPÍRITU EMMANUEL
                                                              Enviado por Joao Cabral