29 febrero 2012

Las guerras y nosotros


¿Quién no se aturde al oír hablar de guerra? Es una tragedia de la Humanidad. Las guerras representan exprimir esa infección interna que el alma carga en sí. Todas las veces que no estamos en paz con nosotros, nuestra tendencia es derramar ese producto de nuestra intimidad en el ambiente en que estamos y sobre las personas que nos rodean. Ahí tenemos simientes de guerras. Lo que nos aterra en las guerras es la impiedad, la crueldad, la masacre, las explosiones, el bombardeo, la poca posibilidad de defensa que las personas tienen. Parece que hay una obligatoriedad en matar, en destruir. Construcciones que el tiempo tardó en hacer, que los hombres tardaron en levantar, se desmoronan en un solo bombardeo. Quedamos a pensar de donde viene esa fuerza demoníaca, patética que, de repente, toma cuenta de la criatura humana como si fuese una irrupción.

Todo eso proviene de las entrañas de la propia criatura humana. Si. El mundo físico no hace guerras. Encontramos los volcanes, los terremotos, los maremotos, todo eso corresponde a los procesos de reajuste planetario para nuestro bien, para el equilibrio determinado por las Leyes de Dios. Pero, guerra, jamás. Las primaveras se repiten a cada año, como los veranos, los otoños y los inviernos. Los arboles florecen, los pájaros pian, cantan, vuelan, corren, se reproducen. Todo normalmente. Entre nosotros, criaturas humanas, parece que hay una sed de sangre para nada, por el placer mórbido de dominar, por el placer mórbido de determinar, de tener en las manos, de destruir. Naturalmente, pensamos en cómo el mundo aun tiene que evolucionar, que crecer, para librarse de la guerra, para librarse de la tormenta guerrera, belicosa. Pero no es propiamente el mundo que se tiene que modificar, es el ser humano relativamente a su mundo interno. Las malquerencias, violencias, las agresiones verbales y físicas representan esa explosión de la criatura humana, el temperamento rebelde, el grito de cólera. Todo eso son simientes de guerras. Es por causa de esas simientes de guerras que encontramos las guerras grandes, de grandes proporciones, las guerras agigantadas de los campos de batalla, de las naciones entre sí, de las múltiples potencias. Todo eso que vemos en tamaño grande ha comenzado en el campo de batalla interno de cada uno de nosotros.

Imaginemos lo que significa estar de mal con alguien. Maquinamos todo el tiempo la mejor forma de agredir, de atacar, de herir ese alguien. No nos importa si calumniamos, si mentimos. Nuestro objetivo, en aquel momento infeliz, es el de destruir a la persona. Entonces, ¿Cuál es la diferencia de un ejército que lanza bombas sobre otro, que tira con ráfagas de ametralladora a los otros? La diferencia es que hay un momento en que esas cosas parten de nosotros físicamente y hay otros momentos en que esas cosas son psíquicas, son mentales. Los torpedos mentales que enviamos, perjudicando a tantas personas. Vale la pena pensar en la destrucción hecha por las guerras y en nuestra condición delante de todo eso.

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Cuando pensamos en esa cuestión de las guerras con la criatura humana, recordamos de que un día escribió Sigmun Freud, el padre del psicoanálisis, que todos somos dotados de una dualidad de impulsos internos, que él lo llamó de pulso. Cargamos un instinto de vida y un instinto de muerte. Freud llamó al instinto de vida de Eros, instinto de Eros, fuerza de Eros o impulso de Eros. Eros significa todo aquello que es un favor de la vida, que conspira en pro de la vida, de la alegría, de la salud, del trabajo, de la ética, del buen tono, de la amistad. Y el impulso de muerte, uno de sus discípulos austriacos llamó de impulso de Tánatos. Tánatos, muerte en el idioma griego. Entonces, el impulso de muerte no es propiamente de la muerte biológica, es de esa muerte moral, esa muerte idealista, esa muerte que representa todo lo que es negativo para la vida. Todo lo que conspira contra la vida es parte, según Freud, de ese instinto o impulso de muerte o de Tánatos. De ese modo, cuando optamos por la vida, por la salud, por el equilibrio, por la paz, estamos trabajando dentro del impulso de Eros.

Todo cuanto hace bien a la vida, todo cuanto se dirige a la vida, todo lo que enaltece, que la sublima, es parte de Eros. Pero, cuando ocasionamos internamente y nos dejamos arrastrar por la cólera, por la mentira, por el odio, por la envidia, por el impudor, estamos en territorio abierto de la muerte, de Tánatos. Y es en ese territorio abierto que acostumbramos a provocar las guerras. Es muy común que, en el mundo, no estemos acostumbrados a vivir en paz unos con los otros. Sea por envidia que nos hace provocar al vecino, sea por el orgullo, cuando deseamos ser el centro del Universo, el centro de las cosas, cuando tenemos la impresión de que somos la última coca-cola del desierto. En esa hora en que nos damos esa supra-importancia, ciertamente estamos haciendo guerra. Las guerras mentales, esos combates que hacemos mente a mente. Odiamos a las persona sonriendo para ellas, hacemos cuenta de que somos amigos de personas que odiamos, que detestamos: en el empleo, en la calle, en la familia. Son nuestras guerras internas que, antes que exploten del lado de afuera y provocar las tragedias que bien conocemos, implosiona nuestra realidad íntima, estallan dentro de nosotros. Enfermamos físicamente porque, antes, ya estamos enfermos espiritualmente. Es por eso que las guerras son formadas por los componentes que les dan las personas.

No solamente los gobernantes contribuyen para las guerras, no solamente los líderes de Estado contribuyen para ella, más cada ciudadano, cada persona, cada individuo que no vive su vigilancia ética, moral, espiritual. Cada uno de nosotros que se da el derecho de avanzar sobre las cosas de los otros, sobre el derecho de los otros, sobre la vida ajena. Somos, de cierta manera horticultores de la guerra pero, ni de lejos, eso pasa por la mentalidad de la masa. Estamos siempre imaginando que somos víctimas de las guerras y de los guerreros, de los beligerantes, de los violentos y no nos damos cuenta de que nos asociamos a ellos, de que alimentamos esas fuentes de violencia con nuestro impulso de Tánatos, nuestro impulso de muerte. Percibimos, poco a poco que, en ese momento ciclópeo del mundo, en esa hora densa de la Humanidad, tenemos necesidad de rever nuestros papeles en la sociedad. ¿Qué hemos ofrecido al mundo para que sea mejor, más digno, más rutilante? ¿Qué hemos ofrecido a la vida para que sea más digna de ser vivida, para que tenga más sabor, para que tenga fulgor? ¿Y esa familia donde nosotros estamos, que hemos hecho por ella?¿Y nuestra familia, aquella que formamos, aquella que construimos, que hemos hecho por ella? Las guerras son el corolario, son la agrupación de nuestras propias realizaciones. Vale la pena buscar la paz a través del pensamiento superior, de la oración, de la vivencia positiva en el bien, del socorro a nuestro semejante, hasta el día en que nuestro reloj cardíaco pare y viajemos de aquí para el Reino de la paz.

Raúl Teixeira

Transcrição do Programa Vida e Valores, de número 157, apresentado por Raul Teixeira, sob coordenação da Federação Espírita do Paraná. Programa gravado em julho de 2008. Exibido pela NET, Canal 20, Curitiba, no dia 06.09.2009.

Traducido por Jacob. 

Enviado por: "Mari" akardec@akardec.com

 

 

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